estabamos en una cocina mientras el dormía una de sus siestas. siesta nocturna, en un sillón bordó de respaldares altísimos, irreales; de esos con botones más oscuros que hacían al descansar más incómodo. un ventanal enorme con una vista violentísima y ruidosa pero más oscura que de costumbre. se veía con los párpados bajos, alumbrado por una lámpara roja y el clima del living, vaya a saberse porqué, quedaba de un extraño verde. había muchas alfombras y tapices y hacía calor. este el, tenía puesta una bata de dibujitos que no alcanzaban a descifrase. el otro él, estaba conmigo en la cocina, yo tenía hambre y parece ser que él iba a hacer una de sus especialidades. la cocina era gigante, iluminada por partes, distintas luces, distintos colores y tonos. había varias mesas de madera. había mesadas en ambos lados, de mármol verde. había cucharones y cacerolas colgadas del techo muy alto, inalcanzables, sin practicidad alguna para el uso diario. había sillas distintas e impares. el mobiliario no tenía mucha lógica. esta vez su inconsciente no se ocupó de detalles estéticos pero igual tenía su encanto. él estaba sin ropa, solo un calzoncillo blanco. yo tenía el pelo atado con una flor. la veía desde el techo, sentada, piernas cruzadas, codo izquierdo apoyado en una de las mesas sosteniendo su cabecita, muy discreta, expectante. él amasaba sorrentinos y volaba harina, en ralentí se suspendía en un aire denso. corte. los colaba y refunfuñaba, yo asistía a ver el problema. es que no había problema, y además yo tenía mucho hambre. ¨no no, así no¨ decía él mientras agarraba el colador chorreando agua y los tiraba a la basura. ella y yo quedamos atónitas, paralizadas por tal desacato. y volvemos a la misma mesa, distinta silla. corte. él estaba parado adelante mío, y parecería ser que ella estaba destinada a estar como clavada en alguna silla; me daba un beso en la frente. yo lo amaba. creería que él también, pero de alguna extraña forma, todo eso estaba prohibido. y a veces se entienden las cosas sin necesidad de palabras. el y él eran hermanos. y yo sabía quien era yo. por eso es que no dudaba que ella, al levantarse el; no se levantaría a abrazarlo. el tenía la cara desfigurada pero reconocible. estaba muy flaco, raquítico, era como un sauce llorón encorvado por el viento. estaba enfermo. ella dudaría del hecho, yo no. podía ver desde el techo todavía y ese punto de vista invertido es el que salvaría la noche. de repente, él, yo y ella nos hacíamos invisibles; el se servía un vaso de agua y se ahogaba tosiendo. ella le debía un cierto cariño, protección, fidelidad, ayuda; eso le resonaba pero cada vez más lejano. yo opté por callar las voces. inmóvil pero segura. segura del equívoco. me concentraba en detalles cada vez más banales: que linda que me veía, la flor, el pelo, la luz de la cocina; a la vez sabiendo -y con certeza extrañisima- de que no había que dar más vueltas al asunto. uno en el fondo sabe me dijo. y ahí entendía que más vale ser persona antes que personaje. el volvía a su sillón de viejos y se desvanecía en un fundido a negro. él y yo quedabamos iluminados, callados, tranquilos.